lunes, 27 de octubre de 2008

Medios-lógicos


"En todo brote de inseguridad mediáticamente emitido hay como protagonista una víctima de la delincuencia ubicada socialmente en sectores medios altos".

"Nótese que, cuando hay episodios que involucran a ciudadanos de niveles medios bajos, los casos suelen no estar encadenados en una seguidilla de inseguridad".

"¿Será que un misma barriada de clase media, media-baja no sufre sucesivamente episodios de "inseguridad"?; ¿o será que los hechos suceden ya fuera del alcance del interés mediático?".

"Luego de casos que involucran a personas socialmente bien acomodadas viene otro cuyo protagonista vuelve a ser un integrante de ese mismo nivel social o más bajo; en menor medida, la lógica puede darse a la inversa".

"Los medios instalan casos de inseguridad con peligrosas conclusiones a priori sobre lo acontecido".

"Incluso los investigadores suelen ventilar sus hipótesis que posteriormente son difundidas por los medios, lo que las transforma en verdades precarias y provisorias, pero verdades mediáticas al fin".

"Esta dinámica mediática empuja a los investigadores policiales a detener-porque-sí".

"Ese porque-sí es acompañado, por lo general, de características estereotipadas del sospechoso del delito de turno; del supuesto olfato policial al error de procedimiento hay sólo un paso".

"El estereotipo en cuestión facilita al siempre cuestionable accionar policial a detener de acuerdo a la demanda; oferta policial a la carta, digamos".

"Todo lo dicho es tan contrastable con la realidad como el axioma mediático que afirma que un choque y demoras en el Camino Negro nunca será tan importante como otro similar en la Panamericana, por la sencilla razón de que los gerentes de dichos medios no se atascan camino a Lomas de Zamora, sino rumbo a Pilar".

"Estas son algunas de las lógicas de los medios, ¡Ampliaremos!".

martes, 21 de octubre de 2008

De progresistas y conservadores

Para la Argentina que vivimos vienen desafíos. Y es que la crisis mundial algún efecto tendrá en nuestras tierras. Sólo basta con ver y oír lo dicho y redicho por las voces entendidas de los masivos medios de comunicación como para darse cuenta de que las profecías pueden autocumplirse. Mucho de lo económico tiene que ver con lo psicológico; y si no presten atención a los vaivenes de la timba bursátil mundial. Apenas alcanza con un gesto político-económico como para que todo suba o todo baje. En estas aguas inquietas tenemos que navegar.

Pero las oscilaciones de época nos pueden llevar a otros golpes de timón. Los argentinos podemos dar cuenta de ello.

Luego de haber resistidos los embates de la república-sojera-campestre, el matrimonio presidencial K decidió dar el giro inesperado (al menos para algunos). El compromiso de reapertura de canje de deuda y el pago al club de París fueron medidas que mostraron al proyecto K más hacia la derecha que hacia la izquierda. Es decir, más próximos a hacer del país un feligrés de rezo fiel al capital timbero mundial antes que un reaccionario agnóstico dispuesto a tirar piedras contra la fachada del templo del capitalismo. Pero me parece que analizar al kirchnerismo desde esta vieja dicotomía ideológica es pobre y no permite comprender el fenómeno que propongo observar.

Más que pensar en gobiernos de derecha o de izquierda, la Argentina merece otro debate, sin dobleces. Con la pobreza estructural perpetuándose en los índices sociodemográficos, con el trabajo informal en muy lento retroceso (y algunas zonas en aumento) y con la brecha de ingresos entre ricos y pobres aún repudiable para un país de iguales, es tiempo de preguntarse quién será capaz de dar el golpe que rompa el statu-quo económico y social argentino.

En este punto, cabe interrogarse acerca de la conveniencia de reinsertar el concepto de progresismo ante el término conservadurismo.

La noción de progreso, fruto de la hegemonía de las corrientes de pensamiento del racionalismo post-medieval, aportó a la humanidad la herramienta oportuna para des-exorcizar las almas del oprobio del pensamiento único religioso. Con la profundización del uso de la razón como redención del hombre, con la ciencia como nave nodriza del progreso del-hombre-en-la-tierra-sin-dios-que-lo-tutele, todas las esperanzas parecieron concentrarse en lo que vendría, en el futuro.

Sin embargo, dicho progresismo pareció entrar en un entrevero de contradicciones que hoy advertimos; el progreso en un mundo de pluralidades parece avanzar sólo por un solo camino. El sistema político, económico y financiero actual monopoliza toda idea de avanzar hacia el futuro. No es posible pensar en lo que vendrá sin la matriz de una democracia declamativa, el capitalismo de mercado practicado y la timba financiera sostenida. No somos pocos los que pensamos que ese no es el sendero que queremos transitar. Sobre todo por el convencimiento de que la raza humana pareció, simplemente, haber cambiado un Dios por Otro.


Hablar de progreso no sólo implica mirar al frente, también es mirar a los costados; más aún en países como la Argentina. Por caso, progreso no es igual a avance. Progresar según nuestra concepción es proponer un progreso completo ante lo que hasta el momento el capitalismo constituyó como un progresismo por el futuro mismo, con compromisos morales diversos que apenas alcanzaron a emparchar los “daños colaterales”. El progresismo económico y político sin inclusión de los que acampan obligadamente a la vera de la ruta no hace más que desnudar los defectos de ese avance. Hay que dar vehículos de progreso para todos, si queremos continuar con la democracia como modelo político. Si no pretendemos equiparar en ese sentido, la democracia será pura hipocresía.

La Inclusión debe ser progresiva como lo debe ser el crecimiento. Crecimiento desmedido sin incorporar a los caídos del carro del progreso no suena demasiado democrático.

Para la Argentina es vital tamizar la actualidad política en estos términos. Más que izquierdas y derechas, las alternativas deben ser progresistas en el sentido que consideramos ante el conversadurismo que nada cambia, y si lo hace, es a consideración de reproches que pongan en riesgo su hegemonía.

Es un grosero error asociar a la izquierda con el progresismo; los conservadurismos pueden venir de ambas manos, sin distinciones.

Ante lo dicho, ¿los K serán de izquierda, de derecha, progresistas o conservadores? Las crisis no son para cualquier dirigente. Estas suelen convertirlos en líderes, los confina al olvido por su timidez o los sepulta en el lote de los reponsables. La actual crisis de la timba universalizada y sus efectos en la economía real marcarán a fuego a cada dirigente político en todo el mundo. Veremos que sello le toca al matrimonio presidencial argentino.

sábado, 18 de octubre de 2008

La hora de ponerla


¡Llegó la hora de ponerla!

¿Qúe significará estar en crisis?

¿Qué representará para la Argentina que las grandes potencias entren en recesión?

¿Qué habrá que hacer como para valerse de la crisis en ciernes?

¿Hay que aprovecharla o habrá que refugiarse en un conservadurismo económico y financiero que aísle al país de los males de los males?

El autorreconocido Buda Numerólogo (bautizado recientemente en tierras chinas) nos dijo hoy que ¡es la hora de ponerla!

O sea, de tomar las reservas acumuladas durante los años de la bonanza K y volcarlas de lleno en la economía interna.

Sumadas a sus ideas, van las nuestras:

inyección de dinero en un ambicioso plan de obra pública:

  • construcción de viviendas populares, mediante mano de obra de los futuros propietarios.
  • programa de construcción de hospitales y escuelas en todo el país.
  • programa de capacitación laboral para los nuevos trabajadores.
  • radicación de empresas de gestión mixta (estatal/privada) para la elaboración de materiales de construcción.
  • ampliación de las redes de caminos, rutas y calles (no autopistas).
  • extensión de las redes de servicios públicos de pasajeros (trenes, esencialmente).
  • ampliación de las redes de servicios básicos domiciliarios (agua potable, cloaca, luz, gas, electricidad).
  • desarrollo de redes de comunicación a bajo costo (televisión digital por aire, internet inalámbrica, telefonía celular, etc.).

plan proactivo para la producción.

  • reimpulso de la producción de medicamentos genéricos de bajo costo.
  • financiación a PyMES que elaboren y fabriquen bienes y servicios de consumo popular.
  • programa de orientación productiva, fomento y financiación de la industria nacional volcada a la sustitución de productos importados.

plan de contención, reinserción social y asistencia alimentaria.

  • creación de mercados populares con productos básicos de alimentación e higiene.
  • planes de ayuda social a los sectores no alcanzados por el plan de
    viviendas.

La lista podría extenderse en algunos aspectos más.

Sin embargo, representa un ambicioso megaplan que podría atemperar los efectos en nuestro país de la inminente recesión mundial.

Asumir la necesidad de volcar las reservas con el fin de achicar la "deuda interna" sería un indudable plan proactivo (keynesiano, según la vieja acepción).

Es decir: más Estado ante la necesidad de sostener el empleo y de generar nuevos puesto de trabajo. ¿Acaso pueda esperarse que este rolo fundamental lo cumplan generosamente la corporación empresaria?

En otro orden, decimos que la política de reparto de subsidios para sostener servicios públicos cumplió su ciclo.

Si la derecha agazapada reclama cortar con esos giros, la reacción debe ser nacionalizar los servicios públicos esenciales para la población.

Todo este conjunto de medidas, planes y acciones deben ser ejecutados por un auténtico gobierno nacional y popular.

¿Serán los Kirchner capaces de tanto?

Luego de su sugestivo giro hacia la derecha en materia financiera, somos muchos a los que se nos acumularon las dudas.

Un plan como el que proponemos, claramente, no es conservador.

¿Serán capaces de ir por tanto?

Todo lo dicho es prevención antes de la adversidad.

No hay que olvidar que un país como el nuestro (luego de crecer a tasas asiáticas) con sólo incrementar su PBI un 2 o 3 por ciento y con el nivel de rechazo que despierta el gobierno K puede entrar en un cono de sombras político, económico y social.

La reacción contra la 125 fue y es todo un síntoma del revanchismo que reina entre los sectores otrora defensores del neoliberalismo.

La tribuna sojera de La Nación es signo de que esa reacción sigue larvada. Sólo basta ver los títulos de portada de los últimos meses.

Todavía estamos a tiempo de poder evitar nuevas estocadas que barran con lo logrado luego del estallido de 2001.

Fueron y son logros que impulsó K y que sostiene K pero que fue con el lomo de muchos de los que creemos todavía en un auténtico país NyP.

Amén. Laburemos!

domingo, 12 de octubre de 2008

El capitalismo consumista o el consumo del capitalismo

Desde hace algunas semanas atrás vengo leyendo y releyendo parte de los pensamientos del polaco Zygmunt Bauman, notable sociólogo que advirtió con brillante sencillez y profundidad la quintaesencia del sistema dominante de nuestros tiempos. Más allá de las definiciones en torno al capitalismo en sus distintas fases, Baumann viene trabajando desde hace años en la noción de líquido para atravesar con su análisis nuestra realidad contemporánea.

La liquidez puede utilizarse bajo varias acepciones; una de ellas es acuñada como oro por este régimen económico que nos domina: la liquidez parece ser la garantía de que todo agente económico pueda subsistir dentro del sistema y responder con eficiencia ante desafíos propios de crecimiento dentro del modelo capitalista de consumo y ante los desafíos ajenos que promuevan otros agentes competidores dentro de dicho sistema.

Pero para Baumann, liquidez opera en otro nivel. Ser líquido no es contar con fondos suficientes para estar listo para el desafío sino estar a tono con el entorno líquido que impone el actual régimen de consumo que demanda estar dispuestos a la licuación de todo precepto moral, ético y filosófico que implique algún tipo de atadura con preceptos que nos impidan girar al ritmo y en el sentido que propone la vida de consumo. Y en todo caso, si el agente no tiene liquidez en términos de recursos económicos, el sistema se los proveerá, siempre y cuando la contraprestación sea permanecer dentro de él y bajo sus reglas de juego. De este modo, somos lo que el sistema promueve y vamos hacia el Norte por él propuesto.

Esto puede suponer la integración personal a una comunidad; pero es una verdad a medias. La promoción de valores comunes dentro de la sociedad de consumo no implica una comunión de valores que nos solidifiquen en cuanto a identidad comunitaria, sino en cuanto a gustos y modas que van superponiendo y modificando dichas pautas identitarias. Se es a consecuencia de gustar, no se es a fin de estar dentro de.

Esta percepción del individuo lo transforma en mercancía, dirá Bauman. Somos nosotros mismos quienes nos sometemos al régimen de consumo como bien consumible, sin interesar el producto que terminaremos siendo.

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Con lo dicho, creo que avanzamos importantes pasos en la confirmación de que este régimen capitalista caerá en tanto y en cuanto se fracture la cultura de consumo. Es ella la que en verdad opera en segundo plano, latente pero activa en el sostenimiento del régimen actual.

Dicho régimen puede desmoronarse financieramente; incluso económicamente. Puede quedar en inanición pero no muerto. Si no hay un salto cultural que logre deshacerse de las actuales pautas consumistas, habrá capitalismo para rato.

Somos muchos los que guardamos esperanzas de que un cambio del paradigma cultural frene el consumo actual, y por añadidura, el crecimiento por el crecimiento mismo de la economía mundial. A esta altura de la historia el índice de crecimiento económico ya no alcanza para lograr un crecimiento expansivo y abarcativo real de la economía en prosecución de un “capitalismo para todos”. Que los productos brutos internos nacionales crezcan es el anhelo de la mayoría de los economistas; para personas como la que escribe estas líneas resulta ser la peor noticia que ratifica la continuidad de la desigualdad.

En la Argentina, los gobiernos K vienen prometiendo y advirtiendo sobre la necesidad de la redistribución del ingreso. Si bien los logros en esta materia fueron notables contrastándolos con la debacle de 2001, resultan ser todavía insuficientes. La matriz productiva y reproductiva del capitalismo versión argentina demanda enormes ingresos para pocas manos, entre ellas las del Estado, cuyos fondos terminan volcados, en parte, en una redistribución entre los marginales del sistema. Pero la fórmula resulta exigua; la redistribución debe ser antes de que el Estado recaude y reparta. El sector privado claramente debe mancomunarse en la necesidad solidaria de resignar ingresos y permitir que otros actores sociales entren en el juego del sistema (contrario a la realidad actual de que muchos quedan fuera y son rescatados por la mano generosa de papá Estado). El negocio de un capitalismo para pocos termina en el egoísmo económico nihilista tal como hoy lo conocemos y como lo vemos despedazarse financieramente.

La fórmula del capitalismo contemporáneo pone en juego las estrategias estatales a fin de contener dicha ambición de los agentes privados; el deliberado intervencionismo estatal estadounidense en la actual crisis financiera es una muestra evidente que nos exime de toda explicación sobre el tema.

No tengo dudas de que el cambio debe ser cultural. Pero lograr cambiar culturalmente a semejante globalización económica y financiera refuerza la dificultad de alcanzar dicha empresa propuesta. Más aún cuando la democracia es engañada en sus buenas intenciones y es usada como el arma más eficiente a la hora de naturalizar el desbalance del reparto de las riquezas, bajo la apariencia de la igualdad ante la ley y la equidad ante los derechos ciudadanos.

Todavía nos falta un largo camino por recorrer. Como señalé más arriba, el régimen que nos domina es esencialmente cultural. Mientras nuestros amigos, vecinos, compatriotas y coterráneos sigan convencido de sus bondades habrá capitalismo para rato; no se animarán a la eutanasia, sino que intentarán por todos los medios seguir aplicándole múltiples cócteles de medidas para mantenerlo vivo, aunque siga postrado y pudriéndose en su lecho de enfermo. Los cambios siempre dan miedo, sobre todo cuando el riesgo es perder todo lo adquirido gracias a este sistema.